"Con la caída del invierno, que se nos echa encima, llega el frío y las ganas de cálidos momentos.
Soy la nieve, Princesa de hielo, siempre tan gélida, mi corazón palpita alegre, bajo capas sobrepuestas de escarcha.
Se sonrojan las mejillas, la punta de mi nariz y las manos, están ya petrificadas.
Sangre, caliente, recorres cada rincón de mi cuerpo, dejando a tu paso el rastro ardiente, positivamente destructivo, vestigios que encienden y prenden mis sentidos, a medida que me invade el frío.
Suspiran ya mis labios, quizá cada día más rotos, te echan de menos, o por este usual cambio de temperaturas.
El vaho, abandona mi boca, en forma de vapor, baila en el aire, le hace el amor al viento y se pierde al poco tiempo, fundido en un instante"
Caminaba por la calle, decidida, pero cargada eso si, de sueño, pereza y esa mochila celeste.
La música, excesivamente elevada, tronaba en mis oídos, sordos para el resto, fríos a lo ajeno.
La gente se fijaba y veía, no más que esto:
Muchacha, joven, de unos 16 estimados.
Expresión angelical, tan niña. Creen pocos, que roce el metro sesenta.
Mofletuda, con los papitos rojizos, ojos marrones caramelo tostado, pestañas no muy largas, peinadas hacia las alturas, con una suave onda armoniosa.
Morena de pelo, algo más oscuro del castaño, más poco de el se ve; El cual lleva trenzado, dos entrañables caminos, a cada uno de los hemisferios de su cuerpo, posadas las tiritas entrelazadas, graciosamente sobre sus hombros.
Un gorro gris, oscuro, de lana, con pictóricas figuras geométricas, marrones, negras, blancas... que tapa gran parte, dejando en el exterior, contados mechones del liso flequillo, ahora abierto y algo separado.
Cubre su pequeño cuerpo, un abrigo largo, mullido, abrochado hasta arriba, en cuyo interior, seguro se acurruque, buscando calor, que elimine las puñaladas de la helada mañana, que se le ha colgado, desde que ha abandonado su casa, dejando atrás el portal, ese extraño vecino al que teme y su calle, poniendo los pies en ella.
La figura de sus piernas, se aprecia hasta poco más abajo de las rodillas. Esas dos carreteras, terminan bien definidas al principio de unas altas botas negras. Atadas pero sueltas, con los cordeles danzando al ritmo de los pasos de la jovencita.
Hay niebla. Borrosa, la silueta, se aleja con un rumbo fijo y destino catalogado. Pero ella solo quiere una cosa, aunque esto ya, obviamente, no lo alcance a saber la gente que la observa; Solo quiere perderse, más no sola, en esa espesa niebla...
Soy la nieve, Princesa de hielo, siempre tan gélida, mi corazón palpita alegre, bajo capas sobrepuestas de escarcha.
Se sonrojan las mejillas, la punta de mi nariz y las manos, están ya petrificadas.
Sangre, caliente, recorres cada rincón de mi cuerpo, dejando a tu paso el rastro ardiente, positivamente destructivo, vestigios que encienden y prenden mis sentidos, a medida que me invade el frío.
Suspiran ya mis labios, quizá cada día más rotos, te echan de menos, o por este usual cambio de temperaturas.
El vaho, abandona mi boca, en forma de vapor, baila en el aire, le hace el amor al viento y se pierde al poco tiempo, fundido en un instante"
Caminaba por la calle, decidida, pero cargada eso si, de sueño, pereza y esa mochila celeste.
La música, excesivamente elevada, tronaba en mis oídos, sordos para el resto, fríos a lo ajeno.
La gente se fijaba y veía, no más que esto:
Muchacha, joven, de unos 16 estimados.
Expresión angelical, tan niña. Creen pocos, que roce el metro sesenta.
Mofletuda, con los papitos rojizos, ojos marrones caramelo tostado, pestañas no muy largas, peinadas hacia las alturas, con una suave onda armoniosa.
Morena de pelo, algo más oscuro del castaño, más poco de el se ve; El cual lleva trenzado, dos entrañables caminos, a cada uno de los hemisferios de su cuerpo, posadas las tiritas entrelazadas, graciosamente sobre sus hombros.
Un gorro gris, oscuro, de lana, con pictóricas figuras geométricas, marrones, negras, blancas... que tapa gran parte, dejando en el exterior, contados mechones del liso flequillo, ahora abierto y algo separado.
Cubre su pequeño cuerpo, un abrigo largo, mullido, abrochado hasta arriba, en cuyo interior, seguro se acurruque, buscando calor, que elimine las puñaladas de la helada mañana, que se le ha colgado, desde que ha abandonado su casa, dejando atrás el portal, ese extraño vecino al que teme y su calle, poniendo los pies en ella.
La figura de sus piernas, se aprecia hasta poco más abajo de las rodillas. Esas dos carreteras, terminan bien definidas al principio de unas altas botas negras. Atadas pero sueltas, con los cordeles danzando al ritmo de los pasos de la jovencita.
Hay niebla. Borrosa, la silueta, se aleja con un rumbo fijo y destino catalogado. Pero ella solo quiere una cosa, aunque esto ya, obviamente, no lo alcance a saber la gente que la observa; Solo quiere perderse, más no sola, en esa espesa niebla...
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