sábado, 22 de septiembre de 2012

Recuerdos

Gracias a Dani, por ese consejo que me dio y por otorgarme un empujoncito para crear este texto.

Era esa constante tensión a la que estaba sometida, DÍA tras DÍA. Esa presión en la cabeza, en el pecho, el desgarrador pensamiento que rondaba mi mente y me decía:
-Cuidado. Podrías perderlo todo.
¿Que más iba a perder? Mas o menos, todo lo que había ido guardando, lo que un día poseí y tan pronto se esfumo, como el vapor que queda en el espejo momentos después de salir de una agradable ducha, el cual nada más abrir la puerta, se despega del cristal y elimina todo vestigio probable de lo que pudo dibujar esa agua vaporizada. Se fue, desapareció tras la felicidad de algunas palabras, las sonrisas estúpidas al observar fotos, que ya ni siquiera conocía del todo. Recuerdos enmarcados, representados en un trozo de semicartón, que servían desde hacia un tiempo, para aumentar el deseo de hacer arder, cualquier rastro que me uniera a un pasado, que sentía aún tan cercano.
Y sin pensarlo apenas dos veces, Cogí un rotulador, rojo, grueso, permanente y dirigiéndome a mi habitación, tan pronto como vi, mi reflejo, escribí una frase que rezaba:
- Siempre, dijiste de mentira.
No se si era la rabia contenida, la pasión, tan impaciente y deseosa de ser manifestada, el odio y el infinito desprecio, que por mucho que me negara, se convertía siempre  en "amor despreciado". Me sentía algo pequeña, quizá más diminuta que la punta de un lápiz. Tan fina y frágil como la de un portaminas, tan sucia y marcante, como la de un grafito. Pero pequeña al final. Mi cabeza ya no respondía, mi corazón se aceleraba, mi tensión aumentaba y el pulso marcaba un grave desvarío en mis ideas. Agarre la silla, la eleve sobre mi cabeza y con gran desprecio, tal y como deseaba contra el, atente contra lo más cercano, con todas mis fuerzas. La pantalla del televisor, crujió y se dividió en resquebrajados trozos de vidrio duro. Partida, como mi corazón, quedo lo que una vez, reflejaba imágenes y las transmitía nítidas. Ya no quedaba nada de ellas, nada. Ni siquiera se veían borrosas. Solo quedaba una pantalla destrozada y una televisión, que ya no servia para nada.
-Mira, como yo.
Dije en alto mientras me retiraba el cabello de la cara. En ese instante, rompí a llorar. Pegue una patada al aire, me sentí estúpida, pero no mucho más que antes de hacerlo. Yo no era como ellas, para nada, no me sentía igual. Decidí, que para ser diferente y no darme asco, para que la gente lo viera y arremetiera contra la poca seguridad que me quedaba, necesitaba serlo exteriormente. Agarre unas tijeras de mi escritorio y ataqué a mi pelo. 5, 6, 7 cortes, aún no recuerdo cuantos, pero mi cabellera caía, cual pluma al suelo. Ya me había librado de ese maldito detalle, el pelo largo, la ralla en medio, me había cansado.
-Necesitas un amigo, necesitas ayuda. Estas mal de la cabeza.
¿Amigos? Ajajá yo ya no se que es eso. Salí corriendo de mi casa. Abandone mi portal, mi edificio, mi calle y me perdí por la ciudad. Llevaba en la mano las fotos, las cartas, todo. Lo rompía y lanzaba al aire, ensuciando la calle, aumentando el trabajo del barrendero que me seguía por detrás y miraba perplejo.
Me aleje y jamás pensé en volver. jamás, hasta la noche. Aunque a mi me pareció un siglo, todo ese tiempo, que tarde en deshacerme de todo lo que me unía al ayer. Y que por mucho que hubiese quemado, permaneció en mi mente. Por siempre

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